(basado en el tema musical "Amor y espinas", de Niños del Brasil)
Pues señor, esta historia transcurre en un castillo cercano a la ciudad irlandesa de Ballymoney, y comienza así:
Melibeo Fernández, tambíen llamado el mediometro, era un hombre que se dedicaba a la pintura fuera de su pais natal (porque allí el whisky es mejor); volvía a su castillito después de correrse una juerga con su compañero de profesión y desgracias, por lo que llegaba a su dulce hogar con siete u ocho copas de más. Muy a duras penas, consiguió llegar a la puerta de su humilde hogar; tanteando, logró meter la llave en la cerradura y pasó gritando:
- ¡Cariño! (hip) ¡Ya he llegado! (hip, hip)
No hubo respuesta
- ¿Cariño?
Tampoco contestaron
Un poco extrañado, empezó a buscar a su amadísima Calixta. No estaba en la cocina realizando sus exquisitos bizcochos borrachos (con whisky escocés, bourbon, tequila y cazalla, entre otras cosas). No estaba en el baño. Tampoco estaba en el salón, tomándose sus bizcochos y bebiendo vino de la tierra (Zaragoza, España, al sur de Europa, como Celestino y Melibeo, pertenecientes a un grupo cultural del que sus mismísimos padres dicen haber oido hablar de el).
Melibeo subió por las escaleras, pensando que estaría durmiendo la siesta. Antes de llegar a su habitación, pasando por la de invitados, oyó unos ruidos. Abrió la puerta, y vio a su amadísima Calixta yaciendo en la cama con Celestino, su mejor amigo, compañero de profesión y juergas.
-¡Celestino...!¡Calixta...!
Del susto se le fue el hipo. Después reaccionó, cogió una espada que adornaba la pared, y se la clavó a Celestino.
-¡Melibeo! ¿Qué has hecho? - gritó, austada, Calixta.
Melibeo se quedó helado frente al cadáver, y susurró:
-Celestino, Celestinito mío, eras mi mejor amigo. ¿Por qué tuviste que hacerme esto a mi? Yo nunca te lo hubiera hecho. Si, ya sé que eras soltero, pero ni aunque te hubieras casado con la auténtica Betty Boop lo hubiera hecho. Y eso que Betty Boop es mucha Betty Boop.
Y continuó:
"Porque yo jamás consentí
que tú ni nadie os riérais de mi.
No fue por mi, ni fue por ti
fue algo extraño que surgió de dentro.
Tal vez yo no, tal vez yo si,
No debí reaccionar así.
Sin ton ni son, sin quererlo yo,
algo sucio nació entre los dos
Entre tú y yo... entre tú y yo.
entre tú y yo, entre tú y yo...
no existió más que dolor.
-Voy a descansar un poco -continuó -. Después de que mi mejor amigo me haya hecho esto, y de que yo le haya hecho algo mucho más fuerte, estoy destrozado. ¡Buenas noches!
Calixta se quedó junto al cadáver de Celestino y dijo:
-Celestino, la has cagao. Pero no sé por qué lo ha hecho, si no era para tanto. Pero no te preocupes, porque te voy a vengar. ¡vaya si te voy a vengar!
Se quedó sentada esperando una señal. A los cinco minutos, se escuchó un ruido ensordecedor, que provenía del cuarto de al lado. Calixta dijo:
-Celestinito, estás escuchando la señal. Son sus primeros ronquidos. Ha llegado el momento de vengar tu muerte.
Cogió la ensangrentada espada con la que su marido había matado a su mejor amigo, y salió decididamente hacia la habitación en la que Melibeo descansaba. Al llegar a su destino, Calixta se paró y gritó.
-¡Maldita sea! ¡Está cerrada con llave!
Como sabía que su marido tenía el sueño un poquitín pesado, cogió una granada de las de la colección de armas, quitó la anilla, y salió corriendo.
-¡Boom! -dijo la bomba.
Como quería Calixta, la puerta se abrió y Melibeo no se despertó. Entró sigilosamente, levantó la espada y ¡zas!, le segó el cuello mientras decía:
-Lo siento, Melibeo. No tenías que haberlo hecho. Si al menos me hubieras dejado decidir entre él o tú, me habría quedado con el Pato Donald, y los dos estaríais vivos. Tenías que haber pensado un poquito más. Pero lo hecho, hecho está. Ahora los dos estáis muertos, y yo me voy a vivir con el Pato Donald, así que ¡os chincháis!
Al instante empezó a coger algunas cosillas de valor (un disco de oro rallado que le había tocado en una tómbola, una placa conmemorativa de haber participado en la Gran Exposición Universal de Villarebuzno de Abajo, entre otras menudencias), las metió en un saco, las enterró en el jardín mientras susurraba:
-Ahora sólo queda llamar a la policía, y decir que han robado y han matado a mi marido y a mi amante.
Pero, justo cuando iba a coger el teléfono, éste sonó, lo cogió y preguntó:
-¿Quién es?
-Melibeo.
-¿Qué Melibeo?
-Tu marido.
-Pero... ¿no te acabo de matar?
-¿Y eso qué tiene que ver?
-¡Los muertos no hablan!
-¡Pero yo sí!
-¿Y qué querías?
-Sólo quería decirte esto:
"Tú me dabas lo que yo quería,
yo mi mente, mi alma, mi vida.
Todo mi tiempo te lo ofrecía
siempre esperando una palabra tuya.
Me hiciste hacer lo que no quería,
me hiciste creer en lo que decías...
Mi ser, mi vida, lo que tenía,
¡y con tu sangre me vas a pagar!
Calixta tiró el teléfono, pero la voz seguía sonando en el aire:
-Entre tú y yo. Entre tú y yo
Entre tú y yo, entre tú y yo...
no existió más que dolor.
La voz cesó.
Calixta corrió escaleras arriba gritando:
-¡Estás muerto! ¡Estás muerto! ¡Yo te he matado!
Llegó a la habitación, entró y suspiró diciendo:
-¿Lo ves? Estás muerto, yo te he matado. Total, te lo merecías, porque sólo por mancillarte un poquito no tenías por qué haber matado a mi Celestinito.
De repente, Melibeo abrió los ojos, se levantó de la cama y empezó a acercarse a su esposa gritando:
-Entre tú y yo
-Qué pesadito con la frase. ¿No la podías cambiar?
Melibeo la agarró del cuello, mientras machacaba la frase de marras.
-Entre tú y yo
-¡No me mates! ¡No lo volveré a hacer!
Pero la mató. ¡Vaya si la mató! La dejó muertecita.
Melibeo dijo:
-Y aquella fue la última vez que me pediste perdón.
Entre tú y yo...
-Bueno -siguió-; ya he acabado mi trabajo. Ahora me voy a la cama, y no despertaré hasta el día del juicio final. Pero me parece que voy a salir culpable.
Se tumbó en la cama, y volvió a quedarse muertecito
.