Duendes, brujas y otros bichos raros
Era un hermoso pueblo, las gentes eran nobles y sinceras y excepto por las pequeñas disputas habituales, todos se llevaban bien. Incluso todos los sábados se juntaban en la casa del señor Andrés, que era la más grande, y cenaban juntos allí. Después de la agradable cena, siempre regida por el buen humor, siempre había alguien (uno distinto cada vez, pero creo que se ponían de acuerdo) que se dirigía hacia mí y decía
--Tio Angel, ¿nos contará hoy una historia?
Siempre iba dispuesto a decir que hoy no, pero los niños empezaban a gritar ¡si, porfa! y ya no podía resistirme. Muy lentamente (los años no pasan en balde) me levantaba, me iba hacia la mecedora que el señor Andrés había bajado del desván sólo para esas ocasiones... y una vez bien acomodado los niños se sentaban a mi alrededor con sus miradas expectantes. Cerraba los ojos, respiraba hondo... y comenzaba la narración
Hoy os contaré una historia que me pasó hace muchos años en el Bosque. En aquella época yo todavía conservaba mis alas, por lo que me gustaba atravesar el bosque por el aire. Además era el único medio de llegar al lago que tanto me gustaba... allí me pasaba horas y horas pensando, meditando, disfrutando del paisaje. Ya os he contado alguna vez la hermosura del lugar y cómo la luz de la luna se reflejaba en las aguas. Y también os conté que allí vi por primera vez a mi Duende... la más hermosa del Unvierso, ese ser pequeño, de cabellos de oro y ojos tan profundos que te hacían perderte en su alma... vestida siempre de verde, con una sonrisa deslumbrante... No continúo porque me pierdo y además ya lo he contado.
Como bien sabéis, yo estaba perdidamente enamorado de ella... pero ella no correspondía. La desesperación estuvo a punto de acabar conmigo, hasta que decidí actuar.
Fuera del bosque había una montaña. En lo alto un castillo. Y en el castillo una bruja. No era una bruja como las demás, era una bruja buena. Se reía a carcajadas como todas las brujas, pero no había maldad en esa risa, sino sana diversión y un poco de malicia y picardía... Nos conocíamos, ella daba alegría a mi melancólica vida, y yo a cambio la hice un poco más soñadora. Pero nunca le había pedido nada.
Ese día llamé a la puerta y entré por la ventana, como siempre (me gusta avisar antes de entrar, pero unos golpes en la ventana pueden dar mucho miedo). Se alegraba de verme.
--Angelito... que alegría... jajaja, (su risa nunca faltaba) ¿qué te trae por aquí?
Era una cosa que me gustaba de ella, directa al grano.
--Quiero que me des una poción de amor.
--Mmmmm... ¿para tu duende?
--¿Como lo sabes?
--Jajajaja. No hay que ser una bruja para leerte la cara, pequeño mío... jajajaja... Espera... te la prepararé... ajajá.
Se fue hacia la marmita, y durante unos minutos estuvo dandole vueltas añadiendo de vez en cuando extraños ingredientes.
--Bueno, ya está. Ahora me la beberé.
--¿Tú? ¿No es para mi?
--Pequeño... ajaja, a ver como te lo explico... una poción de amor no se da en un cuenco, se da con un beso...
--¿Con un beso? ¿para darme la poción me tienes que dar un beso?
--No un beso... jajaja... más bien el Beso.
Bebió la poción... y sus labios se juntaron con los míos. Pero era un beso casto, un beso en el que me mostraba su afecto, me llenaba de tranquilidad y me traspasaba toda su fuerza de voluntad... cuando nos separamos, sentí que podía comerme el mundo.
--Ahora ve, ya tienes el poder. Cuando llegue el momento sabrás cómo utilizarlo. Pero recuerda que el efecto no es inmediato, así que no desesperes si el resultado tarda en llegar.
Agradecido sali volando por la ventana (bueno, a la segunda, que de la emoción no me di cuenta que estaba cerrada) y fui hacia el lago. Alli estaba ella, con toda su hermosura, durmiendo bajo un arbol. Me acerqué sigilosamente, con la intención de robarle un beso... pero me detuve. Los besos no se roban, se piden y se dan voluntariamente... debía darle la poción con palabras.
Acerqué mis labios hasta sus oidos, a tan escasa distancia su aroma me embriagaba como el más fuerte de los licores, su respiración rítmica y tranquila era música en mis oidos, y su hermoso pecho subía y bajaba al ritmo de la música. Cerré los ojos, respiré hondo y le dije:
--Te quiero. Te amo. Te adoro. Desde la primera vez que te vi supe que tu eres el sueño que ya creía que no se cumpliría nunca, mi verdad, toda mi vida. Tú eres la única esperanza que me queda en esta vida. Contigo soy todo, sin ti no soy nada. Eres mi complemento, todas y cada una de las partes que me faltan. Y te querré siempre.
Lentamente abrió los ojos, y me miró con esos ojos que hacen caer mis muros de defensa, pero era una mirada triste, melancólica, en sus ojos ya se reflejaba la respuesta... la misma respuesta de siempre.
--Lo siento, pero no es así como te quiero.
Y se marchó. Me quedé allí triste, solo, deprimido. A mi alrededor las mariposas comenzaban una danza extraña, triste, rítmica, rítmica... que me hizo dormir.
En mi sueño apareció cabalgando una mujer de tez morena y pelo negro, montada sobre un caballo negro. Se paró delante de mi y me dijo.
--Debes tener paciencia
--¿Quien eres?
--Yo soy tu y todo lo que te rodea. Yo soy tu Tiempo y etu Espacio. Yo soy tu mente, tu conciencia, tu vida... Y soy tu memoria. Y como tu memoria te recuerdo lo que dijo la bruja.
La poción no tiene efecto inmediato
--Gracias... pero... ¿qué debo hacer?
--Tu la quieres, pero ella te ha rechazado. Pero todavía tienes la esperanza de que ella cambie de opinión... y como no estás dispuesto a abandonar, sólo te queda seguir intentándolo y esperar.
Sin decir nada más, desapareció, y yo desperté. Había anochecido y las mariposas habían cesado su danza... al otro lado del lago las luciérnagas habían tomado el relevo.
Me levanté, alcé el vuelo y me marché. Estaba preparado para la espera por muy larga que fuera.
Esta es la historia que les conté a los niños anoche, sentado en la mecedora. Todo esto ocurrió hace cuarenta años, y seguí insistiendo, y seguí esperando durante todos estos años.
Hasta que esta mañana tú has venido hasta mí y me has dicho "Te quiero".
Vaya con la bruja y sus pociones de efecto retardado.