Encuentro con un duende
El viaje es largo y no ha hecho más que empezar. Estaba claro que este no era mi lugar, no quería seguir aquí. Y por eso me marché.
Un viaje a las estrellas
Un viaje iniciático.
La inmensidad del universo se abría ante mí. Yo escogería el camino. Yo labraría mi futuro. Yo descubriría qué hacer.
Soledad. El viaje debía hacerlo solo. Hubo quien se ofreció a acompañarme, decía que estaba estresada, que quería empezar de nuevo. Pero se habría equivocado. Su mundo es éste, su vida está aquí, sólo precisa cerrar los ojos, respirar hondo y tomarse la vida con más filosofía. Pero la filosofía de la vida sólo funciona si tienes vida. A mi ya no me sirve la filosofía.
La distancia entre los mundos es grande. Aquí sólo hay oscuridad, y las estrellas. Cien mil millones de estrellas en una noche eterna. Me gusta mirar al vacío mientras dejo que mi mente vague por la inmensidad del infinito. Las estrellas me ayudan a pensar. La noche eterna incita a la reflexión constante. No echo de menos la luz del sol, sólo quizás el atardecer.
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He disfrutado del viaje, pero como no tiene sentido caminar sin ir a ningún sitio (incluso un tranquilo paseo acaba en algún sitio), por fin he decidido aterrizar. Tanto batir las alas me ha agotado. Me quedaré en este planeta durante un tiempo. Viviré, meditaré, descansaré, y cuando esté listo, o me haya cansado de esperar, volveré a partir.
Vivo en una pequeña cueva. Esta cueva está en la cima de una colina pequeña pero escarpada. La colina está en la ribera de un río, y cruzando el río hay un bosque. Meditar en la cueva, pescar en el río y pasear por el bosque es todo lo que quiero hacer... de momento. No he olvidado que abandoné mi mundo porque no soportaba no tener un objetivo en la vida, y esta vida tampoco tiene objetivos. Pero me deja tiempo para pensar, y sólo estoy cogiendo fuerzas para seguir mi camino (mi camino ¿hacia dónde?)
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Un día me adentré en el bosque más que de costumbre. En el interior había un claro con un lago en el centro. El reflejo del sol en las aguas cristalinas me embelesaron. Me senté apoyado en una roca, observando el paisaje y pensando en mi soledad, cuando una voz me sacó de las profundidades de mi mente.
--¿Quién eres? --me preguntó.
La miré. Era una mujer. Era bastante más bajita que yo, Sus cabellos eran de oro. Su cuerpo era delgado, con una curvas no abundantes pero sí bien formadas. Su mirada de ébano me pedía que me adentrara en su alma. Su sonrisa, medio tímida, medio traviesa amenazaba con hacerme perder la cabeza. Su ropa verde la hacía parecer un duende. Un duende, un elfo, una diosa.
--¿Quién eres? --volvió a preguntar --. ¿Eres un dios?
--No.
--Entonces ¿quíen eres?
--Soy un ángel de la guarda
--¿Y a quién guardas?
--Ahora a nadie. Han dejado de necesitarme, han dejado de creer en mí. Por eso me marché de mi mundo.
--¿Por qué has venido aquí?
--Estoy sólo de paso. Estaba cansado de vagar por el universo y éste me pareció un buen lugar para descansar.
--¿Cuándo piensas marcharte?
--Todavía no lo sé. Un día recogeré mis cosas y me largaré.
--Ese será un día triste --. Y se fue.
Mientras veía cómo se alejaba, pensé: "Si, ese será un día triste".
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Desde entoces, fui al lago casi todos los días. Casi siempre estaba solo, y meditaba viendo cómo el sol del atardecer se reflejaba en el agua. Algunas veces encontraba allí a mi duende. Aunque su existencia apacible hacía que no se preocupase de tonterías como el futuro o el sentido de la vida, me escuchaba. Las cosas que le contaba no tenían sentido para alguien que vive la vida con alegría, pero aun así me escuchaba, me consolaba. Era mi amiga, llenaba mi existencia, pero para mi no era suficiente.
Su sonrisa me embelesaba, su mirada me perdía, su cuerpo me hacía perder el sentido.
--Te amo con toda mi alma --le he dicho hoy. Su mirada ha sido de sorpresa, y su sonrisa la mostraba halagada, divertida y un poco triste.
--¿De verdad?
--Si. Te amo con toda mi alma. Nunca había amado así a otra persona. Te quiero te necesito, no puedo soportar la idea de estar sin ti. Eres mi duende, eres mi diosa y yo quiero ser tu ángel, tu esclavo. Tu mirada hace que quiera perderme en la profundidad de tu alma, y quedarme dentro de ti para siempre. Cada vez que te veo ardo en deseos de estrecharte entre mis brazos y permanecer así unidos por los siglos de los siglos. Mi vida no tenía sentido porque tú no estabas. Tú le das sentido a mi existencia, y si no estoy contigo no merecerá la pena existir.
Silencio. estaba poniendo en orden sus ideas antes de contestarme (mala señal, está pensando cómo responder sin hacerme sufrir)
--No puede ser.
--Sí, sí puede ser. Es
--Estas exagerando.
--No. llevo toda mi vida buscándote. Si es necesario me pasaré toda la vida esperando tu aceptación, esperándote.
--No me esperes. No es así como yo te quiero. Si me esperas, desperdiciarás tu vida.
--Sin ti no hay vida que desperdiciar.
No dijo nada más, empezó a alejarse, se paró, se giró y dijo:
--Pides demasiado
Y se marchó.
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Aún sigo yendo al lago. Ella va de vez en cuando, charlamos un rato y le digo que la quiero. Ella repite que estoy exagerando, que no puedo quererla tanto como digo.
Pero no exagero. Cada rechazo suyo me destroza el alma. A pesar de ser una batalla en la que la victoria está lejos, tengo que seguir luchando. Y venceré o moriré en el intento, porque en mi alma no hay sitio para más batallas.