Epílogo
Estaba preparado para irme. Mis manos estaban vacías al llegar, y vacías estarían al partir. Todo lo que quería conservar se encontraba aquí dentro, en mi mente, en mi corazón, en mi alma...
Me asomé al exterior. Desde aquel refugio que había sido mi hogar en los últimos años, desde aquella cueva en lo alto de la montaña, se veía todo. Era un planeta precioso.
Bajé la montaña, como hacía casi a diario. Me adentré en el bosque, recorriendo el mismo camino de siempre, hasta llegar al claro, donde los rayos del sol se reflejaban en la superficie del lago... Admiré una vez más la hermosura del lugar, un lugar que había sido mi refugio, donde podía meditar sin temor a ser interrupido por nadie, excepto por un solo ser.
Me senté, apoyado en una piedra. Miré alrededor por última vez.
Y lloré. Era la última vez que veía el lugar, era la última vez que estaba allí, tenía que despedirme, y Dios sabe que no quería.
--¿Por qué estás llorando?
Alcé la mirada hacia la voz. Ahí estaba ella, mi duende. Me miraba fijamente con sus oscuros ojos, atravesando mi alma, destruyendo mis defensas. Pero había llegado el momento. No podía demorar más.
-- Sabes que te quiero, que te adoro, que tú eres lo único que quiero en esta vida. Sin ti no soy nadie, pensar en pasar toda la vida sin tenerte a mi lado acaba con toda la ilusión de mi vida.
Ella asintió. Lo sabía.
-- Y yo sé que tú no me quieres, al menos de esa manera. Un amigo, una compañía agradable, eso es lo que soy, y nada más.
-- Exacto.
-- He decidido marcharme. Esta noche abandonaré el lago para no volver. No sé qué me espera en el futuro, pero será lejos de aquí.
Recogí con mi dedo la lágrima que estaba recorriendo su mejilla.
-- Te echaré de menos.
Un abrazo, un meso en la mejilla, y me di la vuelta para marcharme.
-- Una palabra tuya, y me quedo.
Aguardé, pero sólo hubo silencio. Volví a girarme, y con los ojos empañados, la miré, y le dije.
-- Recuerda, que aunque ya no esté aquí, aunque ya no visite el lago, tú lo eres todo para mí. Siempre te querré, y seguiré esperándote.
-- No me esperes, porque no llegaré. Sigue tu vida, encuentra a alguien, sé feliz. Te extrañaré, pero aquí se separan nuestros caminos.
-- Nunca te olvidaré. Y seguiré esperándote. Adios
Adios... esa palabra quema el alma. Alcé el vuelo, abandonando el lago, el planeta, todas mis esperanzas.