Fábula del payaso enamorado
Klaus era un payaso. Pero un payaso de circo. Ya sé que en esta sociedad absurda los payasos están muy mal vistos, la gente no entiende que alguien pueda aceptar de buen grado que se rían de uno (normalmente no se engañan, saben que se rien de, no con).
Bueno, el caso es que Klaus era un payaso muy feliz haciendo su número cómico en dos sesiones distintas, viendo con alegría cómo los niños se reían a carcajadas con sus gracias, cómo las madres se reían con sus chistes, cómo los padres olvidaban sus problemas con sus tonterías. Y como le gustaba mucho su trabajo, lo hacía bien.
Cuando no había número, también hacía mucho el payaso, para qué engañarnos. Paseaba entre las caravanas cantando muy alto y muy mal, salía a ver a los curiosos haciendo gracias. Total, la alegría no sólo debe propagarse a las siete y media, la vida es dura y debemos endulzarla, pensaba.
Un día llegó al circo un nuevo número. Eran unos trapecistas que hacían el triple salto mortal, y aunque siempre lo habían hecho sin red, en este circo la seguridad es obligatoria. El caso es que eran tres trapecistas, dos hermanas y el marido de la mayor.
Pero Bety, la menor, era preciosa. Klaus se dio cuenta enseguida, y su corazón empezó a palpitar. Le dedicó sus mejores gracias, ella se reía a carcajadas. Llegaron a intimar, ella le contaba sus problemas y el se los hacía olvidar. Era guapa, divertida y muy inteligente. Klaus se enamoró perdidamente.
Klaus era muy tímido, y durante varios días intentó mostrarle a Bety su amor, pero no se atrevía. Hasta que llegó el día que se atrevió y le dijo "te amo, quiero estar a tu lado el resto de mi vida, quiero que seas mía para siempre, te ofrezco mi vida, mi alma, todo mi ser... ¿quieres casarte conmigo?"
Un minuto más tarde, Klaus volvía a su caravana cabizbajo. Las carcajadas de ella habían sido estruendosas, hasta tal punto que el resto del circo se preguntaba qué había sido eso tan gracioso que le había contado.
Aquella noche, Bety, que todavía no estaba segura si era una broma o era en serio, fue a verle y le dijo que era un buen amigo.
Un año más tarde el circo cambió de payaso, porque, aunque hacía gracia, había un toque de melancolía en sus chistes que incluso los niños notaban, y no se reían, sino que mostraban una sonrisa triste.
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Moraleja:
Ya lo decía mi mamá. La primera impresión es la que cuenta. Si al principio eres gracioso, o un buen amigo, va a ser muy difícil cambiar esa sensación en un futuro.