Hada Madrina
Abrió los ojos. Era un mundo nuevo para ella. ¿Ella? ¿Quién era ella? No sabía quién era, ni lo que hacía allí, ni siquiera si había tenido existencia antes de aquel día. Y, la verdad, ni siquiera le importaba.
Se incorporó y miró a su alrededor. Era un hermoso paraje, Estaba sentada en mitad de una colina poco empinada donde la hierba era frondosa y bastante alta. De vez en cuando se veían árboles, pocos y muy diseminados. A su alrededor había vida: algunos pájaros posados en las ramas, volando de árbol en árbol o lanzándose sobre la hierba buscando gusanos, algunos conejos, ardillas, muchos animales de pequeño tamaño, no se veían depredadores.
Se levantó y miró a lo lejos. Al fondo a su izquierda la pradera se extendía por varios kilómetros, hasta llegar hasta un lago. A su derecha había un sendero, que pasaba junto a un frondoso bosque y llegaba hasta una montaña, siguiendo el camino montaña arriba.
Un impulso la llevó hasta el sendero. Comenzó a caminar, tranquilamente, paseando, mirando a su alrededor como una niña curiosa, y realmente así se sentía, curiosa, pequeña y un poco asustada. Pero continuó caminando.
Como tenía un poco de hambre, cogió del zurrón un poco de pan y chocolate (¿tenía el zurrón antes? ¿era suyo o había aparecido por arte de magia... como ella?) y comió mientras caminaba. El chocolate estaba delicioso, ella era muy golosa, y el pan muy tierno, como recién salido del horno.
El bosque la asustó. Le pareció siniestro y extrañamente silencioso. Aliviada por no tener que entrar, aceleró el paso y no volvió al ritmo de paseo hasta haberlo dejado bien atrás. Se apartó del camino unos metros para poder beber agua de un arroyo que venía de la montaña, y volver al camino al instante.
Tardó varias horas en llegar al pie de la montaña. Ya estaba anocheciendo. Al lado del sendero vio una casa. Cuando intentó golpear la puerta, ésta se abrió. Miró a ver si había alguien dentro... pero estaba vacía. En la pared había un lienzo con la imagen de un ángel. Debajo del lienzo estaba escrito con letras de oro "Ahora come, después duerme, y mañana, sube la montaña"
Extrañada fue a la cocina. En el horno había una enorme fuente de carne asada. Hambrienta y sin plantearse si hacía bien (a fin de cuentas hacía caso al cuadro), comió vorazmente. Después fue a una habitación donde había una cama, y se tumbó en ella. Durmió profundamente.
A la mañana siguiente fue a la cocina a recoger todo lo que había dejado por medio la noche anterior. Pero ya no quedaba rastro de la noche anterior, al contrario, encima de la mesa había un enorme desayuno. Ahora ya no le quedaba dudas de que era para ella, así que desayunó, disfrutando de cada bocado que daba. Después salió, cerró la puerta, y comenzó a ascender la montaña.
El camino resultó más fácil de lo que esperaba, la pendiente era grande pero el camino facilitaba la labor. No tardó mucho en llegar arriba.
Pero arriba no había nada. Se sentó en una roca, mirando al vacío, un poco desilusionada. La vista era maravillosa. Pero, y ahora ¿qué?
-- Ahora debes comenzar a vivir --dijo una voz
-- ¿Quién eres?
-- Yo soy tú. Tú eres yo. Soy tu memoria, soy tu conciencia, soy lo que echabas en falta al despertar ayer.
-- ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Para qué he venido?
-- Al nacer te pusieron de nombre Nuria. En tu mundo eras un ser especial. Llegaste sin ser. Pero tu alma estaba abierta al mundo, a los que tenías alrededor, y aprendiste de ellos. Te apoyaste en ellos cuando lo necesitaste, a cambio les diste tu cariño y tu sonrisa. Dejaste que ellos te crearan, hicieran de ti lo que eres ahora. Pero ahora la creación es tan perfecta que debe dar a los demás parte de lo que ha recibido. Y por eso estás aquí.
Ella estaba confusa. Esa voz que salía de todas partes y de ninguna, o a lo mejor de dentro de ella, le contaba cosas que ella debería saber, pero no sabía. ¿O sencillamente estaba empezando a recordar?
-- A partir de ahora eres Yogu, el Hada Madrina. Has venido a este mundo a ayudar a tus semejantes, a darles alegría, compañía, felicidad incluso. Baja volando de esta montaña, busca a aquellos que te hicieron especial, y entrégales parte de tu magia. Cuando la necesites, sabrás hacerla.
Yogu bajó de la montaña. No caminando, pues descubrió que podía volar (¿de dónde habían salido esas alas? Vagó sin rumbo fijo durante un buen rato, disfrutando del vuelo, cuando vio en el suelo un rastro de plumas. Al final del rastro me encontró a mí. Y desde entonces es mi hada madrina.
Un día le pregunté de dónde había salido, y me contestó que había sido creada por los que la querían, y que parte de esa creación me correspondía. Y estaba aquí porque necesitaba su compañía, su amistad, su alegría...
© Copyright Septiembre 2003