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La mecedora

(Capítulo 0)

Antes de comenzar, he de contar una historia. Es la historia de mi familia. Yo soy descendiente de una tribu india, tan antigua, que su nombre ya no está en los libros de texto, y por lo tanto, no influye en la historia, y además su nombre se ha perdido.

Hace doscientos años, un grupo de colonos americanos vinieron a nuestras tierras. Como no quisimos marcharnos, nos echaron por la fuerza de las armas. Fue una masacre. Murieron casi todos.

Una mujer, la esposa del Gran Jefe, embarazada de muchas lunas, huyó a través de un bosque. Estuvo corriendo durante varios días, desesperada, sin nada que comer ni beber.

Finalmente, cayó desfallecida. La encontraron un grupo de cazadores, la llevaron al pueblo más cercano y la cuidaron. Ella les contó la historia de lo sucedido. Pocos días más tarde, dio a luz a un hijo, pero ella, todavía débil, murió.

El niño vivió en el pueblo, adoptado por una familia, durante muchos años. Cuando cumplió diez años, le contaron la historia de lo que había ocurrido. El era el Gran Jefe de una tribu india, de la cual no sabía ni su nombre.

 

(Capítulo 1)

Aquella mañana yo estaba en la tienda de antigüedades de mi padre. Como no había nadie en la tienda, mi padre estaba en el mostrador, mientras yo curioseaba.

Entonces me fije en la mecedora. Era una mecedora antigua hecha totalmente de mimbre. Estaba perfectamente pintada y barnizada, no había rastros de carcoma y no había nada roto, ni siquiera reparado.

-- Esa mecedora... --comencé a decirle a mi padre.

-- ¿Te gusta? Es una auténtica antigüedad. Se la compré a una mujer ayer por la tarde. Dijo que pertenecía a su padre, pero que había muerto y le traía demasiados recuerdos. Me la vendió muy barata.

-- Es idéntica a la que tenía el abuelo.

-- Es una buena mecedora. A tu abuelo le gustaban las cosas de calidad.

-- ¿Qué le ocurrió a la del abuelo?

-- Nada. Sigue estando en casa de la abuela, en el trastero.

Me senté en la mecedora. Era muy cómoda. Me quedé allí sentado el resto de la mañana, pensando en las historias que contaba el abuelo los sábados por la tarde, sentado en una mecedora como esta...

Entonces me quedé dormido.

Y soñé...

Viajaba sobre un mundo de fantasía, donde un extraño personaje de noventa centímetros de altura guiaba a su amo a un bosque mágico, donde todos sus deseos serían cumplidos.

Viajaba sobre un océano gigantesco, donde un barco pirata estaba a punto de abordar a un mercante.

Viajaba en una nave espacial, que estaba a punto de llegar a un planeta donde las aventuras no cesarían.

Viajaba en un carruaje imperial, donde un apuesto príncipe iba al encuentro de su gran amor.

Viajaba sobre multitud de mundos, todos distintos, donde multitud de personajes vivían las grandes aventuras que todos hemos escuchado y que siempre hemos deseado vivir.

Viajaba... Viajaba...

Y desperté.

Recordaba perfectamente el sueño. Todas podían ser historias de las que contaba mi abuelo.

Una sensación extraña me invadió. Era como si alguien me las hubiera contado. Sin embargo, nunca las había escuchado. En el sueño me sentí como si hubiera oido esas historias de pequeños, y ahora estuviese preparado para repetirlas.

Me levanté, me despedí de mi padre, y me marché.

 

(Capítulo 2)

Al mediodía, apenas comí nada, y seguidamente me encerré en mi habitación. Me pasé toda la tarde pensando el extraño sueño, en el abuelo y en sus historias. No hice nada más en toda la tarde. Salí de la habitación únicamente para cenar, y me acosté muy temprano. Tardé mucho rato, pero por fin me quedé dormido.

Y soñé...

Soñé que estaba en casa del abuelo. Era sábado por la tarde. Estábamos todos sentados en el suelo, alrededor de la mecedora del abuelo. La habitación olía al asado que íbamos a cenar, al café con canela que tomaba mi abuelo y al chocolate que nos estaba preparando la abuela.

Mis padres estaban preparándose para salir. Aprovechaban esas tardes para ir al cine. Nunca se quedaban a escuchar las historias. Seguramente papá ya las habría escuchado.

El abuelo se acercó, se quejó de que no tenía forma de pasar a su mecedora, y cuando le dejamos pasar, se sentó. Encendío su pipa, carraspeó, tosió y empezó a decir:

-- Bueno, pequeñajos --siempre nos llamaba así--. Hoy os voy a contar una historia muy especial. Os parecerá increible, pero es una historia real de lo que me pasó un día, cuando tenía dieciocho años.

"Era una mañana de otoño. Como me gustaba pasear por el parque, me encontraba allí siempre que no tenía nada que hacer. Pero ese día me ocurrió algo muy extraño..."

"De repente, empezó a hacer demasiado calor. Cosa extraña, puesto que la mañana había comenzado bastante fría."

"Vi un relámpago. Casi al instante, sono un trueno. La tormenta estaba demasiado cerca. Salí corriendo, intentando alejarme de los árboles que poblaban el parque, pero fue demasiado tarde."

"Vi un rayo que caía. El trueno fue instantáneo. Cayó en el árbol que había al lado. Vi otro rayo. Vi cómo caía lentamente hasta que me alcanzó."

"Cuando desperté, no estaba en el parque. Pero tampoco estaba en casa, ni en un hospital. Estaba en una tienda india. Me encontraba perfectamente vendado, las quemaduras que tenía no me dolían, me encontraba bien."

"Me quedé sentado un rato. Al cabo de unos minutos, vino una mujer. Era una mujer joven, que estaba embarazada, parecía que de siete u ocho meses. Traía un plato de comida. No me había dado cuenta, pero tenía mucha hambre."

"Mientras comía, le pregunté dónde estaba. Me dijo que estaba en buenas manos, que estaba con gente pacífica. Me dijo también que había llegado caído del cielo, cuando la noche de la tormenta el hechicero había invocado a los Espíritus de la Sabiduría."

"Aquello me sobresaltó. Le dije que yo no era ningún espíritu de la sabiduría. Yo estaba vivo, y sólo era medianamente inteligente."

"Ella parecía no escucharme. Cuando terminé de comer, cogió el plato y se marchó."

"Quince minutos más tarde, entraron dos hombres. Uno de ellos tendría unos sesenta años, el otro no superaba los treinta."

"Habló el más joven. Dijo que él era el Gran Jefe de la Tribu. Me dijo su nombre, pero ese nombre no lo había escuchado nunca, y por eso se me olvidó. También me dijo que el anciano era el Hechicero de la Tribu, y que me habían invocado para averiguar qué debían hacer."

"Les dije que no era ningún Espíritu de la Sabiduría. Que tenían que haber cometido un error. Yo no podía haber caído del cielo, puesto que estaba vivo."

"Ellos no me hicieron caso. Debían creer que estaba bromeando, o algo parecido. Me volvieron a preguntar qué debía hacer."

"Yo creí que estaban locos. Por eso les dije que no podría decirles nada sin que me dijesen qué ocurría."

"Me dijeron que hacía una semana, habían venido al poblado muchos hombres blancos. Habían propuesto un trato. Nos dijeron que nos compraban las tierras a cambio de caravanas y ganado. El Gran Jefe preguntó que dónde vivirían, a lo que contestaron que las caravanas eran para que buscasen un lugar mejor. El Gran Jefe dijo que no aceptaban, que era su tierra y que no saldrían nunca de ella. Los hombres blancos no habían aceptado la negativa, y les habían dicho que volverían días más tarde, y que si no aceptaban, los matarían a todos."

"Me volvieron a preguntar qué debian hacer. Yo no lo sabía. Les dije que la tierra era suya, que debían luchar para conservarla. Ellos lo aceptaron. Se prepararon para la guerra."

--¡A cenar! --dijo la abuela.

--Bueno, ya lo habéis oído. --El abuelo suspiró--. Cuando terminemos de cenar, terminaré la historia.

Y me desperté.

Estaba bañado en sudor. Ese sueño lo había tenido multitud de veces. Aquella noche, después de cenar, el abuelo se sintió mal y se marchó a la cama, prometiéndonos que al día siguiente nos la terminaría de contar.

En aquel momento, llegaron mis padres. La abuela llamó a papá a la habitación y le contó algo en voz baja. Papá nos dijo que nos íbamos a casa ya, sin quedarnos a dormir como hacíamos normalmente.

Al día siguiente, a mediodía sonó el teléfono. Papá se puso sombrío. Cuando colgó, nos llamó a todos y nos dijo:

--Chicos, vuestro abuelo ha muerto.

Y no dijo nada más. Al día siguiente fuimos al funeral. Papá se pasó todo el día sollozando. La abuela no lo soportó, y sufrió un infarto. Murió al cabo de tres meses. Desde entonces, la casa se encuentra vacía. Nunca la han intentado vender.

 

(Capítulo 3)

A la mañana siguiente, me levanté con la necesidad de hacer algo.

Salí a la calle. Fui corriendo hasta la tienda. Cuando llegué estaba jadeando.

--¿Qué pasa? --me preguntó mi padre--. ¿Ocurre algo?

--Nada papá. Solo quería preguntarte una cosa.

--¿Sí? ¿El qué?

-- ¿Puedo ir a casa del abuelo?

Se quedó mirándome.

--¿Por qué? ¿Ocurre algo?

--Nada. No te preocupes. Sólo me he levantado con la necesidad de ir allí.

--Por supuesto --estaba muy extrañado--. Pídele las llaves a tu madre. Ella te las dará, pero no tardes.

--Gracias, papá.

Y salí corriendo.

Volví a casa, encontré a mamá, y le pedí las llaves. Me preguntó para qué las quería, pero me las dio aunque no le contestara.

Llegué a casa del abuelo. La cerradura estaba un poco oxidada por la falta de uso, pero conseguí abrirla. Subí las escaleras corriendo, olvidándome la puerta de la calle abierta. Subí hasta el trastero. Había un candado, pero las llaves estaban con el resto de las llaves de la casa. La abrí, y entré.

Estaba todo revuelto y lleno de polvo. Pero allí estaba.

La mecedora del abuelo.

Me acerqué lentamente a ella. Cogi un trapo y le quité el exceso de polvo. Y me senté.

Me quedé allí sentado, pensando. Pensaba en la mecedora, en las historias del sábado por la noche, en el sueño que tuve en la mecedora de la tienda. Pensé... pensé, y me dormí.

Y soñé.

Sobrevolaba multitud de mundos, donde multitud de gentes vivían multitud de historias. Sin embargo, muchas historias las conocía. Me las había contado mi abuelo.

Busqué un mundo en especial. Y lo encontré. Sobrevolaba una pradera, donde docenas de tiendas indias se alternaban con el verde césped. Bajé hasta una tienda determinada. Allí estaba él, mi abuelo, más joven que como yo le recordaba, sentado y escuchando la historia que dos indios le contaban. Mi abuelo les contestó que debían luchar por su tierra. Los indios se prepararon para la guerra.

Dos días más tarde, llegaron los hombres blancos. El Gran Jefe salió. Un Hombre Blanco bajó de su caballo. Hablaron. El hombre blanco dijo:

-- Bueno, Gran Jefe, ¿cuál es tu respuesta?

--Esta tierra es nuestra. No nos marcharemos. Lucharemos por nuestra tierra.

-- Acabas de firmar la sentencia de muerte de tu pueblo.

Dicho esto, subió al caballo y se marcharon.

Los hombres blancos atacaron al día siguiente. La masacre fue terrible. Murieron todos los hombres. Asesinaron a todos los niños. Las mujeres que no mataron, las violaron y las secuestraron. Pero no todas...

Vi a mi abuelo ayudando a una mujer. Era la mujer embarazada. La ayudó a huir hacia el bosque. Corrieron sin rumbo fijo durante varios días.

Un día se separó de ella para intentar cazar algo, cuando oyó un ruido. Eran unos cazadores. Ayudaron a la mujer, y se marcharon, posiblemente a algún pueblo.

Mi abuelo intentó seguirlos, pero él no tenía caballo. Corriendo buscando un camino, se desencadenó una tormenta. Los rayos caían muy cerca. Incluso vio cómo un rayo partía en dos un árbol que tenía al lado. Cuando uno de ellos le alcanzó...

Despertó en la cama de un hospital. Toda su familia se encontraba allí. Le dijeron que en la tormenta de la semana anterior le había alcanzado un rayo, pero que había tenido mucha suerte y no le había pasado nada. En una semana podría salir del hospital y volver a casa.

Y desperté.

No estaba bañado en sudor como la vez anterior. Este sueño me había sentado muy bien. Estaba tranquilo y más alegre que de costumbre.

Me levanté de la mecedora. Salí tranquilamente del trastero, cerré bien la puerta, bajé las escaleras, salí de la casa, dejándla bien cerrada, y me alejé.

Me alejé de la casa del abuelo.

Y de la mecedora.




© Copyright Julio 1994

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Última actualización: 8 Junio, 2007
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